Seleccionar página

Ocurrió hace más de dos siglos, concretamente hace 114 años. El 12 de octubre de 1906 una multitud de devotos extremeños –hasta 10.000 según algunas estimaciones– peregrinaron hasta Guadalupe con el fin de llamar la atención sobre el estado de abandono en que se encontraba el monasterio desde las desamortizaciones del siglo XIX. Llevaban de ofrenda a la Virgen una lámpara votiva en la que podía leerse “Extremadura, a su patrona”. Algunos historiadores la consideran la primera manifestación popular de los habitantes extremeños en pos de un fin común. Pero el lazo emocional extremeño con Guadalupe tiene su arranque bastante más atrás en la historia.

La devoción a la Virgen de Guadalupe se expandió desde la comarca extremeña de las Villuercas a toda Castilla y a Portugal con el correr de la Baja Edad Media. La legendaria aparición a un vaquero cacereño –Gil Cordero– podría haber sido el origen de un primitivo templo cristiano en el siglo XIII. Sin embargo, el punto de inflexión se daría durante el reinado de Alfonso XI, cuando se atribuye a la talla guadalupense la victoria castellana frente a los musulmanes en la Batalla del Salado, acaecida en el año 1340. A fines de aquel siglo XIV la Orden de los Jerónimos se hizo cargo del enclave y dio comienzo la época de esplendor que haría de Guadalupe centro principal de atracción religiosa, científica y cultural en la Península.

A pesar de encontrarse bajo jurisdicción del arzobispado toledano, su situación geográfica –caída hacia la parte occidental del Pico de La Villuerca– determinó desde sus comienzos su estrecho vínculo a la región extremeña. Su prior, por ejemplo, residía con asiduidad en la ciudad de Trujillo. De ahí que los exploradores y conquistadores nacidos en estas tierras llevaran consigo la devoción a Guadalupe en sus periplos americanos durante el siglo XVI. El muy devoto Hernán Cortés puede considerarse padre de México también por esa circunstancia. En América, pero también en Portugal y en otras partes de la Península son numerosos los templos que mantienen la advocación a la virgen guadalupense (o guadalupana) desde aquellos siglos de la primera modernidad.

El establecimiento de la corte española en Madrid en 1561 y la creación del Monasterio de El Escorial poco después fueron determinantes para que Guadalupe fuera perdiendo protagonismo en Castilla, quedando reducida su área de influencia al ámbito extremeño con el discurrir del tiempo. El caso es que en el tránsito entre los siglos XVI y XVII la Virgen de Guadalupe ya es tenida por matrona de Extremadura: “Y a ti nación extremeña, mucho la virgen te honró, pues en tu tierra gustó ocultarse entre una breña. Eres nación noble, hidalga, y a todos es justo honréis la matrona que tenéis para que en la muerte os valga. Tened siempre en la memoria, sin que otra cosa la ocupe, a la Virgen de Guadalupe (Fray Diego de Ocaña, muerto en 1608)”.

Pero el monasterio y la villa no solo irradiaron luz religiosa sobre el pueblo extremeño sino también ejercieron como faro de la sombría región desde otros muchos puntos de vista. A su imán peregrinatorio fue unido el desarrollo mercantil que hizo de la Puebla un activo centro en el que confluían comerciantes de toda Castilla y Portugal, destacando el papel que judíos y judeoconversos tuvieron en ello. Asimismo, la villa monacal fue lugar de primera línea política en momentos clave de la historia peninsular y americana. Dan muestra de ello las frecuentes visitas de los Reyes Católicos al monasterio, la firma de la Sentencia Arbitral de Guadalupe que puso fin a los malos usos de los señores catalanes, la recepciones a Cristóbal Colón, la conversión al cristianismo del alcalde mayor de los judíos castellanos –Abraham Seneor– y la de los primeros amerindios –Pedro y Cristóbal–, la reunión entre los reyes ibéricos Sebastián I y Felipe II, etc.

El reflejo artístico de la relevancia política y religiosa sería largo de reseñar: baste admirar la arquitectura gótico-mudéjar del monasterio, imaginar la Hospedería Real construida por Juan Guas –desaparecida en el siglo XIX- o deslumbrarse con la Sacristía decorada con pinturas del extremeño Francisco de Zurbarán. También desde la perspectiva cultural Guadalupe alcanzó cumbre en la confección de bordados y de libros miniados o en los estudios de música, gramática y, sobre todo, de medicina. Además, figuras intelectuales de la talla del jurista Gregorio López de Tovar –guadalupense que llegó a ser alcalde de la Puebla en el siglo XVI- y de otros incontables vecinos y visitantes mantuvieron el aura dorada de la cultura en este rincón extremeño.

La luz, no obstante, se apagó con la llegada de la contemporaneidad. Las desamortizaciones decimonónicas, en especial la del año 1835, exclaustraron a los jerónimos del monasterio y pusieron punto y aparte en la historia de Guadalupe. Sorprendentemente, a las agitaciones de aquel siglo consiguieron sobrevivir los zurbaranes, no así la renacentista hospedería regia. Ante la amenaza de completa degradación de tan ilustre y simbólico monumento extremeño, un intelectual badajocense, Vicente Barrantes, empeñó el último esfuerzo de su vida en reivindicar el papel de Guadalupe en la historia regional y nacional.

Durante la centuria decimonónica España fue un hervidero ideológico. Pensadores aquí y allá daban salida a sus inquietudes en forma de corrientes políticas, tertulias, periódicos, obras literarias, etc. en una actividad intelectual frenética. Extremadura no escapó a aquella tormenta a pesar de estar sumida en la más absoluta marginalidad desde tiempo atrás. Pese a ello, algunas personalidades extremeñas consiguieron destacar en el panorama político e intelectual español entre fines del XVIII y la primera mitad del XIX: Forner, Meléndez Valdés, Godoy, Muñoz Torrero, José María Calatrava, Espronceda, Donoso Cortés, Bravo Murillo, etc. A partir de mediados de siglo los extremeños dejaron de ser influyentes a nivel nacional y comenzó a florecer una mirada intrínseca de la región.

Retrato de Vicente Barrantes

El folclore, las ruinas arqueológicas o el lamentable estado de edificios histórico-artísticos como Guadalupe se convirtieron entonces en objeto de estudio y reflexión sobre el pasado regional. Y en ese contexto se desarrolló la inquietud de Vicente Barrantes Moreno, quien se encargó de recopilar toda fuente histórica y bibliográfica de interés extremeño y darlas a conocer en su obra Aparato Bibliográfico de Extremadura. Guadalupe se erigió en motivo principal de sus desvelos y durante el último tercio de siglo de dedicó en cuerpo y alma a su recuperación. La idea era devolver al monasterio la vitalidad de antaño. Barrantes fue, sin duda, el motor de la reivindicación pero, lamentablemente, murió antes del renacimiento efectivo guadalupense. Su enorme legado documental se custodia hoy en la Biblioteca del Monasterio.

Los discípulos de Vicente Barrantes, entre ellos su hijo, ya impregnados de regionalismo cultural –de extremeñería, como se decía entonces– continuaron la senda marcada y organizaron una peregrinación multitudinaria a la Puebla el 12 de octubre de 1906. Tuvo un enorme éxito. El Papa Pio X declaró a la Virgen de Guadalupe como “Patrona principal de la Región Extremeña” en marzo de 1907 y la orden franciscana se hacía cargo del monasterio para iniciar la ansiada revitalización. Años después, en 1928, se coronará a la guadalupense como “Reina de la Hispanidad”, convirtiéndose definitivamente en símbolo de la unión histórica entre España y los países hispanoamericanos.

Más allá del carácter religioso de aquella reivindicación –Barrantes fue un reconocido católico, liberal moderado- y de sus derivaciones simbólicas y políticas para el nacionalcatolicismo del siglo XX, la peregrinación extremeña tuvo una doble consecuencia social y cultural. De un lado, se trató, como decíamos, de la primera movilización popular de cierta relevancia en Extremadura. De otro, supuso el fin del abandono de un enclave histórico y patrimonial de primer orden que estuvo en peligro de desaparición tras la exclaustración de los jerónimos. El 12 de octubre de 1906 ejercería también su autoridad durante la Transición para que el Día de Extremadura estuviera vinculado a Guadalupe, optándose finalmente por el 8 de septiembre (“día de las vírgenes encontradas”).

Hoy, parte de la sociedad extremeña ha virado sus reivindicaciones sobre Guadalupe hacia el traslado jurisdiccional de la archidiócesis toledana a alguna provincia eclesiástica de Extremadura. Cada 8 de septiembre, siguiendo la tradición, miles de peregrinos llegan a la Puebla para festejar, religiosa o socialmente, el día de la región junto a la Virgen, reclamándose a menudo el paso de la dependencia guadalupense. Aquel acontecimiento de 1906 sigue pesando. Sin embargo, lejos de debates religiosos y eclesiásticos que nada deberían tener que ver con lo político, se echa en falta la reivindicación estrictamente cultural del monasterio en la historia extremeña, como hizo Barrantes. Guadalupe es para Extremadura, sobre todo, luz histórica y patrimonial que permite entender la realidad regional. Desde Guías-Historiadores seguimos apostando por el rigor en la enseñanza del patrimonio extremeño.