El pasado fin de semana (sábado y domingo 21 y 22 de febrero) volvió a darse la feliz circunstancia de que colaborasen la Sociedad Extremeña de Arqueología y Patrimonio (en adelante, SEdAP) y la Asociación de Guías-Historiadores de Extremadura (en adelante, GHEx), en forma de nueva ruta de día completo a cargo de nuestro compañero Antonio Cancho Sierra, con más que notable acogida por parte de los miembros de la SEdAP.
En esta ocasión la novedad vino marcada por haber visitado dos localidades que habían quedado hasta ahora fuera de nuestros planes: Olivenza y Alburquerque, ambas en la provincia de Badajoz y ambas con un componente fundamental en su historia y es su hecho fronterizo, algo que desde GHEx tenemos en consideración, valoramos como se merece y tratamos de divulgar entre la población en la medida de nuestros humildes medios como historiadores y guías de patrimonio.
Olivenza nos esperaba con su aspecto habitual: Apacible, llana y limpia, siempre es un placer llegar allí y notar ese aire de prosperidad tranquila. Y es que quinientos años de pertenencia a Portugal dejan una marca imborrable en lo material pero también en lo inmaterial. Desde luego, en esa parte material es evidente. No hay otro municipio en España con tal apariencia lusa y precisamente eso en buena parte fue el objeto de nuestras explicaciones. Así, no solamente contamos su historia y argumentamos el valor de sus monumentos, sino que también tratamos de hacer una radiografía en detalle de los rasgos típicos y a veces tópicos de cualquier villa portuguesa.
Ni que decir tiene que no se los olvidó entrar y disfrutar de sus dos iglesias (Santa María del Castillo y la bellísima de la Magdalena) y de la pequeña y preciosa Capilla de la Misericordia, todas ellas serenas, luminosas, refinadas y todavía muy manuelinas en su configuración.
En Alburquerque, ya por la tarde, emprendimos el recorrido por esta villa, desconocida para muchos, quizás demasiados, cuyas cuestas y agreste terreno ayudaron a bajar la copiosa y también reponedora comida que allí tomamos al mediodía.
Fuera de todas las rutas habituales, sus murallas rodean una Villa Adentro casi congelada en el tiempo, con numerosos arcos ojivales que nos llevan al siglo XIV, cuando todavía sus habitantes vivían encerrados entre la cerca de piedra que los defendía en los constantes conflictos con Portugal. Naturalmente, el primero objetivo prioritario de nuestro paseo fue el castillo de Luna, que se yergue encima de las crestas rocosas que le dan una situación estratégica fabulosa, desde la cual es fácil divisar la frontera entre los dos países y sus poblaciones.
Ya en bajada comprendimos el porqué de la existencia de una (pequeña) iglesia intramuros y otra (enorme) iglesia extramuros, la expansión urbana que propició el comienzo de la Edad Moderna, su participación en la conquista del Nuevo Mundo y los factores que han caracterizado su historia más reciente.
Un día largo pero muy provechoso y en excelente compañía. Un día más pero nunca el último de cooperación entre nuestras dos asociaciones. Nos veremos muy pronto, amigos. Gracias siempre por vuestro interés y apoyo.