Tal día como hoy hace noventa años tenía lugar el golpe de estado de 1936 en Cáceres, como ya contamos en detalle en nuestra ruta monográfica sobre la Guerra Civil en la ciudad, y ese hecho trastocó toda la agenda pública prevista para ese día, también domingo como hoy. Especialmente hizo que se cancelase y olvidase algo ciertamente importante a nivel local: El referendo sobre el empréstito que planteaba la corporación municipal, con su alcalde Antonio Canales a la cabeza, para poder financiar una solución definitiva al grave problema que suponía la falta de un abastecimiento de agua regular, de calidad y abundante para una población que crecía de manera sostenida desde el siglo XIX. Y es que el agua es fundamental para la vida y quienes han vivido en esta localidad bien lo saben, acostumbrados como están a un irregular régimen de lluvias.
En nuestras visitas guiadas en Cáceres a menudo hay quien se sorprende cuando sabe que esta ciudad tiene río y no es algo que ocurra únicamente entre quienes nos vienen a conocer desde el resto de España o del mundo sino que es frecuente encontrar esa misma reacción entre quienes residen en el resto de la región y hasta en la propia localidad. Pero sí, Cáceres tiene río, la Ribera del Marco (o de la Madre, del Rey o del Concejo), además de otros cursos de agua menores, como el río Verde o el arroyo de Aguas Vivas. La Ribera es especialmente relevante porque tiene un caudal bastante estable debido al aporte continuo de agua que tiene desde el Calerizo, hoy aminorada por su extracción para usos diversos pero que hasta hace algunas décadas era capaz de mover decenas de molinos de varios tipos (harina, aceite y hasta cacao). Y ésa es la razón última del asentamiento humano en Cáceres desde la más remota Prehistoria, como lo demuestran los múltiples hallazgos que se han venido produciendo desde hace décadas.
Una vez fundada ya Norba Caesarina en 34 a.C., tenemos algunas pruebas en indicios gracias a la arqueología de que existía una preocupación por disponer de agua para la población, como lo demuestra el aljibe encontrado en las excavaciones del palacio de Mayoralgo o la propuesta de algunos investigadores de que sean de origen romano la cisterna de San Roque y el acueducto desenterrado en obras de urbanización cercanas a la Ribera.
La despoblación que suponemos para el período visigodo hace improbable que se emprendieran obras hidráulicas, aunque es de todos sabido que tristemente hay una notable falta de información sobre esos momentos de la historia de la ciudad. Afortunadamente, sí disponemos de bastantes datos sobre la gestión del agua en época islámica, con destacadas construcciones como el famosísimo aljibe andalusí del Museo de Cáceres, perteneciente al alcázar del sistema defensivo del asentamiento, o las grandes obras que se llevaron a cabo justamente para surtirlo de agua desde la ya antes mencionada cisterna de San Roque, en el conjunto de los Pozos. Como se ve, el líquido elemento era ya una intranquilidad para la guarnición musulmana, ya que sabían muy bien que sus posibilidades de resistir un sitio eran escasas sin él.
Tras la toma cristiana de 1229 y su consecuente incorporación al reino de León, repoblación con colonos norteños incluida, comienza un largo período de mejoras muy lentas pero progresivas en cuanto a la captación, distribución y aprovechamiento del agua por toda la villa. De este modo, en época medieval y moderna hay numerosas obras como la señera fuente del Concejo, con una producción de miles de cántaros al día, y otras (Rocha, Fría, etc.), los abrevaderos del Rodeo, los molinos antes citados, lavaderos…, además del sinfín de aljibes y pozos particulares de los que muy rara vez carecían las casas solariegas de la nobleza local, así como los conventos y monasterios que poco a poco fueron surgiendo tanto intramuros como fuera de las murallas.
Así llegamos al final de la Edad Moderna, algo que en Cáceres está marcado de modo imborrable por la creación de la Real Audiencia, consecuencia de la cual fue la elección de la villa como capital provincial en el primer tercio del siglo XIX, siendo todo ello el comienzo del crecimiento demográfico que decíamos al principio de este texto. La población crecía, tanto por la dinámica interna como por la llegada de nuevos habitantes desde los demás municipios de la provincia e incluso de otras al calor del floreciente sector público (diputación provincial, instituto de enseñanza media, delegación de Hacienda, guarnición permanente…) pero también privado (minas de Aldea Moret), pero el agua disponible seguía siendo la misma, escasa y de una calidad que no era la mejor.
Precisamente, hubo un intento de resolver el problema, ya acuciante, de la falta de agua con su traída desde los manantiales del entorno de las propias minas de Aldea Moret, para lo cual se fundó la Sociedad de Aguas de Cáceres en 1899, que en efecto completó la traída de agua a la ciudad pero con una calidad lamentable, tanto que el proyecto acabó siendo un completo fracaso. El problema continuaba sin ser resuelto y la población no paraba de crecer.
Algunas voces, notablemente el farmacéutico de origen oscense Joaquín Castel, ya habían reclamado la construcción de un embalse en la propia Ribera del Marco como remedio a la falta de agua, a lo que sumaban la idea de añadir a esta estructura un salto de agua para la producción de energía eléctrica. Dos recursos logrados con una misma obra, pensaron ellos, pero nunca se tomaron estas propuestas en consideración por parte de las autoridades, quizás por entenderlas como demasiado costosas o complejas, quizás simplemente por no llegarlas a comprender del todo. El caso es que seguía el problema y ya estábamos en el siglo XX.
Las grandes inversiones hidráulicas de la dictadura del general Primo de Rivera no se tradujeron en Cáceres en una solución definitiva, más allá de algunas actuaciones de escasa relevancia, como la ampliación de la red de fuentes públicas, como la del Paseo Alto y otras, por lo que al llegar la Segunda República se seguía con las mismas dificultades de abastecimiento. Precisamente por ello el ayuntamiento decidió plantear a la población la posibilidad de un empréstito que habría dado a las arcas municipales los fondos que se entendían necesarios para acometer la solución definitiva de una vez por todas. Como hemos dicho, el golpe de estado, la posterior Guerra Civil y su dura postguerra hicieron del todo imposible este nuevo proyecto y el reguero de mujeres con cántaros a la cabeza y al cuadril subiendo por empinadas cuestas seguiría siendo una estampa habitual aún durante varias décadas.
Fue ya durante la dictadura franquista cuando se llevaron a efecto los dos planes que solucionaron en buena medida el abastecimiento de agua. Por una parte se municipalizó el servicio de aguas en 1959 para unificar su gestión y ampliar en lo posible el suministro a los hogares de la ciudad, que en ese momento no llegaba ni a un tercio de ellos, por lo que era aún frecuente ver colas de mujeres con cántaros haciendo acopio de agua en las fuentes para beber, lavar y cocinar. Por otra, la más relevante y que llega hasta la actualidad, fue la rápida construcción de la presa en el cercano río Guadiloba para dar lugar al embalse homónimo, con una capacidad de 20 hectómetros cúbicos, que se inauguró en 1971.
Aparentemente, la tan ansiada y perentoria solución había llegado, pero esto no era del todo así y es que el agua del embalse empezó a suministrarse también a la pedanía de Valdesalor y a las cercanas localidades de Sierra de Fuentes y Malpartida de Cáceres. Asimismo, no se puede olvidar que la población de la capital provincial seguía en fuerte crecimiento con el establecimiento de industrias y de la Universidad de Extremadura, con su abultada población estudiantil. El consumo de litros de agua potable per capita también subía y las graves sequías de principios de los años 90 hicieron patente que el embalse del Guadiloba se había quedado pequeño escasamente veinte años más tarde de su puesta en funcionamiento.
Con cortes del suministro durante doce horas diarias, prohibición de llenar las piscinas y regar los jardines y hasta la toma en consideración de la posibilidad de tener que evacuar la ciudad, la respuesta -casi improvisada- al nuevamente acuciante problema de la falta de agua fue un trasvase desde el punto donde el río Almonte vierte su caudal en el Tajo, con un punto de captación accionado por una costosa maquinaria de bombeo. En julio de 1992 llegaba en tromba al embalse del Guadiloba el agua, siempre oficialmente como medida provisional.
Casi un cuarto de siglo después la solución definitiva aguarda su aparición, sobre todo después de los fallidos intentos de traer el agua con un nuevo y decisivo trasvase desde el pantano de Portaje -situado a más de 50 kilómetros de la ciudad-. Se han oído y leído peticiones de todo tipo, desde la simple mejora de la eficiencia en la distribución para evitar que se pierda por tuberías en mal estado, la utilización de aguas recicladas o la construcción de una segunda presa aguas abajo del embalse del Guadiloba para recoger las grandes cantidades de agua que se desembalsan en los meses en que hay lluvias abundantes. No obstante, lo cierto es que elemento básico para la vida sigue estando entre interrogantes en la ciudad. El tiempo dirá si se solventa este problema milenario y cómo.