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El día se presumía ya caluroso cuando, pasadas las 10:00 de la mañana del día 1 de junio de 2019, llegaba a Toledo el autobús procedente de Plasencia con los miembros de la Sociedad Extremeña de Arqueología y Patrimonio (SEdAP). Juan Rebollo, compañero de Guías-Historiadores de Extremadura, recibía al grupo placentino en la Puerta de Alfonso VI, conocida popularmente con este nombre por ser, según la tradición, el lugar por donde el monarca castellano y leonés entró en la capital toledana en mayo de 1085.

Se había planteado la visita a Toledo siguiendo las huellas de las tres religiones, mal llamadas “tres culturas”, que durante los siglos medievales hicieron de aquella ciudad un hervidero de manifestaciones sociales y culturales que han dejado profunda marca en la actualidad. No dejaríamos de lado, por supuesto, el resto de la historia y de las expresiones artísticas que concernían a otras etapas, antiguas y modernas, que completan la fastuosidad de todo aquel Patrimonio de la Humanidad. Además, se revestiría la visita de toques históricos extremeños que ayudaran a la comparación entre realidades regionales a veces comunes, otras distantes. La jornada sería intensa, pero la tremenda curiosidad e ilusión por recorrer las calles toledanas, a pesar del calor, presagiaban un espléndido día.

Y cual hueste de Alfonso VI, hicimos acto de presencia en el arrabal para toparnos con la Iglesia de Santiago, llamada a veces “Catedral del estilo mudéjar”, cuyo estilo artístico de influencias islámicas nos acompañaría por todo el recorrido. La Puerta de Bisagra, maravilla renacentista, dio pie a introducirnos en el imperial siglo XVI, cuando la ciudad alcanzó un esplendor inusitado. El siguiente punto fue la Puerta del Sol, enlace entre el Arrabal y la zona de Zocodover y del antiguo Alficén. Por primera vez, se mostraba ante el grupo la representación del emblema eclesiástico toledano, la imposición de la casulla a San Ildefonso por la Virgen María.

Pero, según la leyenda, fue la Puerta de Valmardón la que atravesaría Alfonso VI hasta toparse con la mezquita que mandó construir Ibn Hadidi en los años finales del siglo X. Al parecer, el caballo del rey, otros dicen que el del Cid, se arrodilló ante una tapia que escondía la imagen de un Cristo ennegrecido por el humo de una vela que llevaba encendida desde que los musulmanes arribaron a Toledo en el siglo VIII. La Mezquita del Cristo de la Luz es, sin duda, una de las más hermosas construcciones toledanas y, por extensión, españolas. Es fácilmente reconocible cómo el mudéjar se adosa al edificio andalusí conformando la mezcolanza característica del arte medieval peninsular. Pudimos recrearnos allí, incluso, con la historia islámica de nuestros territorios, las taifas toledana y badajocense que ocuparon gran parte de las actuales Castilla-La Mancha y Extremadura.

La ruta continuó por la zona conventual de la ciudad, llena de cobertizos, de tranquilidad y de leyendas románticas como la de Las Tres Fechas de Bécquer. Y así, entre historias, cuentos y risas, llegamos a Santo Domingo el Antiguo, donde comenzamos a desentrañar la vida y obra de El Greco, auténtico maestro que, tras su redescubrimiento a finales del siglo XIX, se ha convertido en recurrente tema toledano. El siguiente que nos salió al frente fue Juan de Padilla, cuya lucha comunera tendría como resultado, amén de otras consecuencias, el arrasamiento del lugar donde se situaban su casa y la de su mujer María de Pacheco.

La Iglesia de San Román es otro de esos templos cuyo interior no pasa desapercibido, pues unos extraordinarios frescos del siglo XIII dejan ensimismado a cualquier viajero. Actualmente es el Museo de los Concilios y muestra piezas arqueológicas de mucho interés para entender el periodo visigodo en el que Toledo se erige como capital de Hispania. Hay que destacar las réplicas de las coronas votivas de los reyes godos o la de la columna historiada de la Iglesia de El Salvador. Tras saludar rápidamente a Garcilaso de la Vega, poeta y soldado renacentista, realizamos una pausa de unos veinte minutos que unos aprovecharon para deleitarse con la vista panorámica desde las Torres de la Iglesia de San Ildefonso, o de los jesuitas, y otros para tomar un cafelino.

El último lugar de visita de la mañana fue la Catedral Primada. Cualquier palabra sobra para describir lo que esconde en su interior. Es un auténtico complejo histórico, arquitectónico y artístico, de inmensidad gótica, que requiere de tiempo sosegado para su comprensión. Intentamos, en algo más de una hora y cuarto, dejarnos impresionar por la grandiosidad de su Capilla Mayor, el Coro, la Sala Capitular, la Sacristía y El Expolio de El Greco, la Capilla de los Reyes Nuevos, el Transparente o la Custodia de Arfe, entre otras muchas joyas. El reloj daba las 14:30 pasadas y algunos estómagos rugían.

Las dos horas de comida y merecido descanso dieron tiempo, también, para ver el Entierro del Señor de Orgaz, en Santo Tomé, y los restos arqueológicos de El Salvador. A las 17:00, tomamos camino de la Judería. Hacía un sol de justicia. El calor debía ser similar al que un herrero siente cuando funde y da forma a sus trabajos, como debía ocurrirle al protagonista de la leyenda de la Casa de las Cadenas de la Calle de las Bulas, un supuesto judío que realizaba las cadenas de los presos cristianos de la Granada nazarí. Luego visitamos el Colegio de las Doncellas Nobles, donde se encuentra el sepulcro del Cardenal Silíceo, arzobispo extremeño de Toledo que se destacó en el estudio de las ciencias en el siglo XVI.

Por razón de temperatura, la visita al mirador de la Virgen de Gracia, desde donde se obtienen unas maravillosas vistas tanto de los Cigarrales de la otra orilla del Tajo como de San Juan de los Reyes, tuvo que ser rápida. Pusimos rumbo directo al Monasterio que los Reyes Católicos ordenaron construir, en un principio, para celebrar la victoria contra los partidarios de la Beltraneja en Toro y, después, para darse sepultura, algo que finalmente no se cumpliría por cambiar de decisión después de la conquista de Granada. Un paseo por el claustro, bajo y alto, nos permitió descubrir los hitos del reinado de los Católicos, sus símbolos heráldicos y su famoso emblema: Tanto Monta. Para entrar a la iglesia tuvimos de esperar unos minutos a que finalizara una boda, pero la ocasión lo merecía.

En el trayecto final del día nos esperaban las dos sinagogas toledanas. Santa María la Blanca es un exponente único de la influencia andalusí en el arte de un edificio judío en una ciudad cristiana. Tuvimos ocasión de explayarnos en la historia hebrea y en su evolución en Toledo, ciudad que todavía ejerce de símbolo del esplendor de aquella comunidad étnico-religiosa. La sinagoga llamada del Tránsito, actual Museo Sefardí, puso el broche de oro a la intensa jornada. Financiada por Samuel ha-Leví, con inscripciones hebreas en alabanza al rey Pedro I y con un espectacular artesonado mudéjar realizado por alarifes granadinos que también dejaron su impronta árabe y musulmana, es otro de los edificios donde se respira crisol cultural. Dio tiempo a reflexionar brevemente sobre la visión actual que se tiene sobre la historia islámica y judía en España y sobre la confusión entre cultura y turismo.

Agradecemos a la Sociedad Extremeña de Arqueología y Patrimonio haber confiado de nuevo en Guías-Historiadores de Extremadura para conocer la Historia de la forma más rigurosa y amena posible, como ya hicieran en Cáceres, Trujillo y Guadalupe. Esperamos volver a coincidir pronto otra vez pues, al fin y al cabo, los objetivos comunes de ambos colectivos, el conocimiento y la divulgación de nuestro pasado, necesitan de aunar fuerzas en aras de la sensibilización patrimonial. Extremadura, Toledo o Portugal están ávidas de gente curiosa como la SEdAP. ¡Seguiremos aprendiendo juntos!

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