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El afán de Guías-Historiadores de Extremadura por viajar y acompañar en el tiempo nos ha llevado esta vez a la Castilla y León de los siglos XI y XII. Más concretamente a la villa de Valladolid, que nacía en aquellos momentos gracias al impulso de un personaje excepcional de la Edad Media ibérica: el Conde Pedro Ansúrez.

Tal vez a muchas personas les resulte desconocida esta figura del Medioevo hispánico, eclipsada en gran medida por su contemporáneo Rodrigo Díaz de Vivar – Cid Campeador -, pero Pedro Ansúrez, conde de Carrión y Saldaña, fue la auténtica “mano derecha” del rey Alfonso VI durante el último tercio del siglo XI. Nacidos ambos en torno a 1040, se habrían criado juntos en la Corte del rey Fernando I de León (muerto en 1065) y su estrecha amistad y lealtad quedaría fortalecida cuando Pedro acompañó a Alfonso en su exilio toledano de 1072, tras haber perdido el reino de León a manos de Sancho de Castilla. Muerto éste último, Alfonso reunió los reinos (León, Galicia y Castilla) y premió a Ansúrez con el dominio de varias tenencias, entre ellas Valladolid.

Logo del centenario del nacimiento del Conde Ansúrez, promotor de la ciudad de Valladolid

Nuestra visita guiada al Valladolid de Pedro Ansúrez se produjo en el marco del Congreso “El Conde Ansúrez y su época”, celebrado entre los días 21 y 23 de febrero del corriente año de 2019 en la Facultad de Filosofía y Letras de la universidad vallisoletana, una de las numerosas actividades organizadas en la ciudad en conmemoración del IX centenario de su muerte, acaecida en torno a 1118. Este encuentro académico reunió a los mejores conocedores sobre la figura del Conde, el tiempo que le tocó vivir y la repercusión histórica que tuvo y tiene actualmente en Valladolid, en Castilla y León y en España.

El sábado 23 de febrero, a eso de las 11:00 horas, nuestro compañero Juan Rebollo Bote guió a una veintena de personas curiosas de la Historia por el urbanismo y el patrimonio de aquella Valladolid originaria. Si bien es cierto que apenas quedan restos visibles del tiempo del Conde Ansúrez, lo es también que se puede reconocer de una manera más o menos aproximada cómo se fue desarrollando la villa desde el siglo XI en adelante. Bajo la atenta mirada de la estatua del vallisoletano Felipe II, comenzamos la visita hablando de la importancia que la ciudad tuvo, reflejado en los edificios históricos de la Plaza de San Pablo, y retuvo, al menos hasta que la capitalidad se trasladó a Madrid en 1606.

Tomando la antigua Corredera de San Pablo llegamos a lo que fue la Puerta del Bao, donde, divisando la torre románica de San Martín, nos sumergimos en el contexto plenomedieval en el que se irá conformando la villa vallisoletana. Más abajo, siguiendo la calle Angustias, el pavimento nos indica la línea de muralla excavada en el entorno de la otrora Puerta de Peñolería, donde confluirían la carrera maior que venía del interior de la villa (San Julián – San Pelayo/San Miguel – Rosarillo) con el área que se urbanizaría a partir del impulso de Pedro Ansúrez, esto es, la rua de los francos (actual Juan Mambrilla) y el barrio de las Cabañuelas (Iglesia de la Antigua).

El curso del río Esgueva determinó los asentamientos del Valladolid primitivo y en torno a su cauce se establecieron los edificios directa o indirectamente relacionados con el Conde. En el lugar donde estuvo el Hospital de Santa María del Esgueva la tradición situó el palacio de Ansúrez y su mujer Eylo Alfonso. Lo único cierto es que la zona estuvo poblada por musulmanes (calle Moros) y gentes venidas de los Pirineos y de más allá (francos), devotos de San Martín. En la margen meridional del Esgueva, que discurría por las actuales calles de Solanilla, Magaña y Plaza de Portugalete, se erigirían la Iglesia de la Antigua y la Colegiata de Santa María, los dos emblemas del Valladolid del Conde.

De la Antigua tan solo podemos hundir en el periodo medieval su extraordinaria torre románica y el pórtico, pues el resto del edificio es resultado de las numerosas reformas que se han acometido en tiempos recientes. Aunque su primera mención data de 1177, nadie parece dudar de su existencia ya entre finales del XI – principios del XII. La tradición vallisoletana ha transmitido la idea de que se construyera para capilla privada de los condes. No muy lejos, Santa María la Mayor, collegio de canónigos a cuyo frente estuvo el abad Saltus, donada por Ansúrez mediante documento de 1094/95. De su arquitectura, comida por la construcción de la Catedral herreriana desde finales del siglo XVI, apenas quedan algunas capillas y los primeros cuerpos de una torre que debió seguir el estilo románico traído por los francos encargados de implantar en León y Castilla los “nuevos aires europeos” propugnados por la reforma gregoriana.

Aprovechamos para visitar la tumba de Ansúrez, sita en el interior de la Catedral desde su traslado de la Colegiata en el siglo XVII. El sepulcro es sencillo, adornado por una pintura de San Miguel Arcángel y flanqueado por los escudos ajedrezados de oro y sable del linaje del Conde, o de sus descendientes los Condes de Urgel, con quien los Ansúrez-Alfonso emparentaron a finales del siglo XI. De hecho, Pedro Ansúrez residió en aquel condado del Pirineo catalán durante la minoría de su nieto Armengol VI, nada más comenzar el siglo XII. El adecentamiento de este sepulcro ha sido una continua reivindicación por parte de los intelectuales vallisoletanos desde el siglo XIX, como agradecimiento al Conde por su decisiva acción histórica para con la ciudad.

De nuevo en el exterior, pusimos rumbo a la Calle del Conde Ansúrez, conocida en la Edad Media como Corral de la Copera, realizando parte del recorrido que siguió la muralla plenomedieval de Valladolid (Calle Angustias – Calle Macías Picavea). En la antigua Puerta del Azoguejo comentamos la importancia que artesanos y comerciantes tuvieron en el desarrollo de la villa, cuya consecuencia última sería la creación de la actual Plaza Mayor vallisoletana. La microtoponimia aún recuerda los gremios establecidos por esta zona (Platería, Guadamacileros, Especería, etc.), que fue también el primer lugar de asentamiento de los judíos en la villa. El Mercado del Val ejerce todavía hoy como heredero lejano del mercatum que sabemos existía en Valladolid ya en el siglo XI.

Por fin llegamos al corazón del Valladolid ansuriano y preansuriano, la Plaza de San Miguel. Aquí se encontraba una de las dos iglesias que se citan en 1094/95, la de San Pelayo. Algunos historiadores han propuesto que fuera la parroquia que aglutinaba a gentes asturleonesas llegadas al lugar, en tanto que la advocación de San Pelayo se expande desde la zona nuclear del reino, Asturias-León, a partir de la segunda mitad del X. Sea como fuere, la advocación pronto cambió por la de San Miguel (atestiguada desde mediados del siglo XII) y en su atrio se reuniría el concejo de la villa. La existencia de un concejo, también documentada desde el siglo XI, nos transmite la idea de una organización aldeana en ayuntamiento abierto previa al desarrollo impulsado por el Conde Ansúrez. La iglesia de San Miguel desapareció en el siglo XVIII pero su planta aún puede distinguirse en el pavimento de la plaza, tras la intervención arqueológica de hace unos años.

La siguiente parada la hicimos en la Plaza Fabio Nelli, frente a los edificios renacentistas más bonitos de la ciudad. En el palacio del mismo nombre, actual Museo Arqueológico, se guarda una espada que según la tradición perteneció al Conde, sin embargo, corresponde a finales del siglo XV/principios del XVI. En el momento en que realizamos la visita guiada había una exposición sobre la misma temática, el Conde Ansúrez y Valladolid, donde podía verse, entre otras cosas, una maqueta con una hipótesis sobre los orígenes de la villa. En el cercano Archivo Municipal, antiguo convento de San Agustín, otra exposición recordaba la figura del Conde, esta vez más centrada en su deambular histórico y con documentos originales y copias de su tiempo. Desde esta Plaza de Fabio Nelli, pudimos observar la antigua Iglesia de San Ignacio, cuya advocación tornó a San Julián y San Miguel al coincidir la ruina de sus iglesias y la expulsión de los jesuitas. En la fachada se encuentran la imagen de San Miguel y el escudo de los Reyes Católicos, del siglo XV, procedentes del templo que estuvo en la Plaza de San Miguel.

Posteriormente nos dirigimos al lugar donde se situó la Iglesia de San Julián, en el solar actual de un edificio en la esquina entre las calles San Ignacio y Encarnación, ya al amparo del complejo de San Benito. En efecto, el convento de San Benito se levantó sobre el antiguo alcázar vallisoletano, a partir de la donación que el rey Juan I realizó a los benedictinos en 1390. En el lado que da a la Plaza de Poniente, cerca de la antigua desembocadura del Esgueva en el Pisuerga, se puede atisbar la planta del denominado Alcazarejo (siglos XII-XIV). Desde allí hicimos también referencia al Puente Mayor, atribuido por la tradición a la iniciativa de la condesa Eylo, cerrando con ello las menciones a al Valladolid del Conde, o, mejor, de los Condes.

Nuestro paseo, de unas dos horas y media, llegó a su fin rememorando de nuevo la figura histórica de Ansúrez, que nos vigilaba desde la estatua que Aureliano Carretero realizara al comenzar el siglo XX. Un conde leal, según nos cuenta la Historia y la leyenda, que si bien no fundador, fue el impulsor de Valladolid. Una aldea que, pasando por villa, se constituyó como una de las ciudades más importantes de Castilla primero y de España después. Una ciudad castellana que reivindica hoy a un conde leonés para que el conocimiento histórico guíe por las brumas del futuro. Agradecemos a la organización del Congreso el haber contado con nuestro compañero Juan Rebollo para este viaje en el tiempo y a todas los asistentes por su atención y curiosidad infinitas.

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